19 agosto, 2019

Hoy quiero compartirles uno de los temas que trato en mi libro “¡Despierta!… que la vida sigue”, y que se refiere a esa costumbre que a veces tenemos de llevar y traer nuestros problemas de aquí para allá y de allá para acá, como si cargando siempre con ellos pudiéramos resolverlos.

En una de las múltiples ocasiones que debía salir de viaje a temprana hora de la mañana, intenté salir de casa sin despertar a mi esposa ni a mis hijos. Cuando estaba a punto de bajar la escalera hacia la salida escuché una vocecita que me dijo: “¿A dónde?, ¿a dónde?”. Al voltear hacia la recámara de mi hijita –que en ese entonces tenía cinco años– me invadió la ternura al ver cómo, señalando su carita con uno de sus deditos, me pedía un beso de despedida.

Eso me hizo reflexionar sobre esas situaciones que se nos presentan todos los días de la vida y nos merecen una lección: nunca debemos separarnos de nuestros seres queridos sin despedirnos cariñosamente; mucho menos debemos marcharnos sin haber limado las asperezas de un disgusto. No sabemos si regresaremos.

He observado que entre las vivencias que siempre recordamos, cómo nos vamos y cómo regresamos tienen significativa relevancia. Eso queda marcado por muchos años e incluso es lo que quizá nunca olvidaremos de quienes ya no están presentes.

Esos momentos no se olvidan. Por eso cuando salgamos de nuestro hogar debemos tener presente despedirnos de los seres que amamos, dejarles siempre la mejor impresión y mostrarles una más grata cuando regresemos.

Les sugiero acostumbren alguna forma, una especie de rutina, para no entrar en su casa llevando los problemas que hayan tenido en el exterior, y tampoco llevar a la calle o al trabajo los problemas hogareños. “ No acarrees tus problemas de un lugar a otro”.

Les contaré una anécdota que alguien me compartió y dejó en mí una gran enseñanza. Es “la historia del árbol de los problemas”.

Cuenta este relato que había un señor que al volver de su trabajo ponía en práctica un extraño hábito: bajaba de su automóvil y antes de entrar en su casa se tallaba las manos en las hojas de un árbol que se encontraba casi en la entrada. Cuando salía realizaba el mismo ritual: se tallaba las manos en las hojas del árbol, entraba en su auto y se iba. Regresaba y hacía lo mismo. Salía, y de nueva cuenta: las manos al árbol.

Había una vecina, distinguida por su curiosidad y hábito de meterse en la vida de los demás, que no aguantó la inquietud de saber el porqué de tan singular forma de actuar y, un día, al verlo llegar, le salió al paso para decirle:

“Oiga, vecino, ¿puedo preguntarle algo?”. “¡Con gusto, vecina! –contestó el hombre–, ¿en qué le puedo servir?”. La vecina no desaprovechó la oportunidad de satisfacer su afán de fisgonear: “¿Por qué siempre que llega o sale de su casa se frota las manos en las hojas de este árbol? Mire cómo lo tiene ya””.

“¡Ah! –exclamó el hombre–, este árbol es el árbol de mis problemas. Siempre que llego a casa le digo: ‘Ten los problemas que tuve en mi trabajo, aquí te los dejo, porque mi familia no tiene por qué saberlos ni preocuparse a causa de ellos’”.

“Qué bien!” –replicó la indiscreta–. “¿Y cuando usted se va?”. “Cuando me voy –contestó el hombre–, al salir le digo: ‘¡Ahí te encargo a la fiera! (refiriéndose obviamente a su esposa)’”.

Esta historia nos hace pensar acerca de la importancia de llegar y salir de casa con la mejor actitud no obstante las adversidades y los problemas que hayamos tenido. Debemos dar a nuestros semejantes lo mejor de nosotros mismos y para eso podemos crear algún hábito que pongamos en práctica siempre que lleguemos a casa.

A propósito: a la puerta de mi casa no hay ningún árbol, hay un rosal ¡y claro que no voy a frotar mis manos en ese rosal! Al no tener un “árbol de los problemas” he colocado un tapete en la entrada y antes de abrir la puerta me sacudo los zapatos en señal de que ahí estoy dejando los problemas que pueda traer y con ellos afectar la armonía familiar. Simplemente he anclado un hábito favorable en mí. Mentalmente repito: “Me está esperando la mejor familia que Dios me ha dado. Hoy les voy a demostrar cuánto los quiero”, y entro. Al día siguiente hago lo mismo.

Ustedes también pueden tener un hábito, alguna rutina que les recuerde eso: sacudir los pies en un tapete, recordar una frase, restregar en sus manos las llaves de la casa y al entrar, actuar con alegría; y eso no será actuar con hipocresía, será actuar con inteligencia.

Lo mismo que pienso de mi familia, repito antes de iniciar una conferencia: “Me está esperando el mejor público que he tenido. Hoy daré la mejor conferencia que jamás haya dado”. Iniciar en esa forma me ayuda doblemente: me programa en positivo para que eso suceda y me obliga a dar mi mejor esfuerzo.

Recuerdo también la ocasión en que una señora me dijo que ella programaba sus actos durante las mañanas. Cuando salía de la cama y se calaba las pantuflas pensaba: “Hoy daré los pasos necesarios que me unan a mi familia y a Dios”.

Conozco también a un médico que trabaja en una institución del Gobierno. Lo que él hace es que cada vez que pone su tarjeta en el reloj marcador y se escucha el sonido que imprime la hora, se dice a sí mismo: “Desde este momento y hasta la hora de salida, ofreceré mi mejor cara a los demás y haré mi mejor trabajo”.

Conductas como las que ahora les comparto nos ayudan a recordar que es muy importante dejar los problemas fuera de los lugares que no tienen por qué ser contaminados con ellos.

Acarrear los problemas de un lado para otro nos complica la vida, fomenta enemistades y además los problemas de cada uno de nosotros a nadie más le importan.

Vamos a poner ante la vida siempre nuestra mejor cara. Vamos a dar a los demás nuestra mejor sonrisa, a mostrarles una actitud cordial y llena de optimismo; les aseguro que se nos regresará otro tanto.

¡Hasta la próxima!

 

 

Dr. César Lozano

Conferencista internacional y conductor de radio y televisión

Pag. web: www.cesarlozano.com

Facebook: www.facebook.com/doctorcesarlozano

Twitter: @drcesarlozano

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