Por Marisol Rodríguez
Hay ausencias que se hacen presentes en los pequeños detalles: una silla vacía durante la Navidad, una receta que ya nadie prepara igual o una historia familiar que deja de escucharse con la misma voz.
La muerte de un abuelo o una abuela no solo significa despedirse de un ser querido; también puede representar la pérdida de un refugio emocional, de las raíces familiares y de una parte de la historia que ayudó a construir una identidad.
A veces, el dolor de los nietos pasa inadvertido porque se considera que la pérdida de una persona mayor es algo natural o que, al llegar a la adultez, se cuenta con las herramientas suficientes para afrontarla. Pero, el amor y el vínculo afectivo no desaparecen con los años.
La doctora en educación, maestra en comunicación y psicóloga Betsabé Ruizesparza Flores y el médico psiquiatra Jorge Alberto Trasviña Martínez, invitan a mirar esta experiencia desde una perspectiva más comprensiva y humana.
“Los abuelos son una fuente de afecto, seguridad, pertenencia e identidad familiar”, expresan. Su presencia va más allá del parentesco: representa compañía, paciencia, cariño, amor, protección, refugio y aceptación.
Además, son portadores de historias y experiencias que conectan generaciones y permiten que las familias reconozcan sus orígenes.
Por ello, cuando uno de ellos muere, la pérdida puede sentirse mucho más allá de la ausencia física.

La orfandad emocional
“Crecer no significa dejar de necesitar esos vínculos afectivos que nos acompaña toda la vida”, señalan los especialistas.
Un nieto puede ser niño, adolescente o adulto y experimentar una tristeza profunda ante la muerte de sus abuelos. La edad no determina la intensidad del duelo, pues este depende, entre otros factores, de la cercanía emocional, las experiencias compartidas y el lugar que esa persona ocupa en la vida cotidiana.
La pérdida trae consigo el dolor de aquellas conversaciones inconclusas, las visitas que se pospusieron y los planes que ya no podrán realizarse. En la adultez, incluso, pueden aparecer sentimientos de culpa o arrepentimiento por el tiempo que no se compartió.
“Ser adulto no nos vuelve inmunes a la orfandad emocional que puede sentirse al perder a un abuelo”, señalan.
Además, cada relación es distinta. Para algunos nietos, los abuelos fueron compañeros de juegos y confidentes; para otros, representaron una figura de crianza, una fuente de estabilidad o incluso la principal presencia parental durante su infancia.
Cuando asumieron ese papel, la muerte puede significar la pérdida de una figura de apego, protección, autoridad y orientación. El vacío no se explica únicamente por el parentesco, sino por todo lo que esa persona representó.


Cuando el dolor se minimiza
Aunque cada duelo tiene características particulares, no existe una jerarquía universal del sufrimiento. En ocasiones, el entorno puede dificultar el proceso cuando resta importancia a la pérdida con expresiones como “ya estaba grande”, “ya había vivido muchos años” o “tienes que superarlo”.
Los especialistas explican que estas respuestas pueden relacionase con el llamado duelo desautorizado, un concepto que describe las situaciones en las que no se reconoce plenamente el derecho de una persona a expresar su dolor.
Minimizar la tristeza no ayuda a desaparecerla. Por el contrario, pueden hacer que quien está sufriendo sienta que debe ocultar sus emociones o que su vínculo no era suficientemente importante para justificar su pena.
Reconocer el duelo de los nietos significa permitirles hablar de sus abuelos, llorar cuando lo necesiten y recordar sin tener que justificarse ante los demás.
La experiencia también cambia según la etapa de la vida. Durante la infancia, los niños necesitan explicaciones claras y acompañamiento para comprender la ausencia.
En la adolescencia, el dolor puede manifestarse mediante irritabilidad, aislamiento o dificultades para expresar lo que sienten.
Mientras que, en la adultez, la comprensión de la muerte no elimina la tristeza y puede sumarse la responsabilidad emocional de acompañar a los padres, quienes también atraviesan por la pérdida de sus progenitores.

Los recuerdos que mantienen el vínculo
Tristeza, nostalgia, enojo, culpa, miedo, gratitud y confusión son algunas de las emociones que pueden acompañar el duelo. No existe una única forma de vivirlo ni un sentimiento correcto que demuestre cuánto se amó a los abuelos.
En ese proceso, los objetos personales y las tradiciones familiares pueden convertirse en puentes entre el recuerdo y la vida presente.
“Una fotografía puede evocar una experiencia compartida; una receta puede recuperar la sensación de estar en la cocina de la abuela; una prenda puede despertar el recuerdo de un abrazo; una historia familiar puede devolvernos una parte de nuestra identidad”, comentan.
Estos elementos permiten conservar una conexión simbólica con la persona fallecida, algo que en psicología se conoce como vínculos continuos. No se trata de negar la muerte, sino de reconocer que el vínculo puede transformarse y seguir ocupando un lugar significativo en la historia de cada persona.
Aprender a vivir con la ausencia
Transformar el dolor no significa dejar de extrañar ni borrar los recuerdos. Significa encontrar, poco a poco, una manera de convivir con la ausencia sin renunciar a lo que dejó esa relación.
La expresión emocional, la escritura, el apoyo de familiares y amigos, los rituales de despedida y la recuperación gradual de las actividades cotidianas son algunas herramientas que pueden ayudar a transitar el duelo.