Por MPC Dianet Nuñez Ramos
Hablar de pérdidas o duelo es palpar dolor o sufrimiento, que regularmente pensamos que solo los adultos las viven, pero ¿qué sucede cuando los adolescentes las experimentan? Las ausencias pueden cambiar la forma de ver la vida, como la de un padre, amigo o los abuelos, ya que si formaban parte esencial en el acompañamiento del joven, la manera de expresar el dolor puede ser tan particular que es clave para llevar el proceso de duelo.
Cuando alguien muere es común ver escenas con llanto, mucha tristeza, no siempre presentándose de la misma forma entre algunas personas, unos evitan el tema, otros recuerdan y comentan de lo vivido con quien se fue, buscan consuelo y hay quienes se refugian en sí mismos en silencio.
Al encontrarse en una etapa de búsqueda de identidad y de querer ser independientes, los adolescentes pueden reflejar su sentir distinto a los adultos; en ocasiones pareciera que para ellos no sucede nada y en otras, hay un profundo dolor y pesar.
Un joven, además de necesitar tiempo para asimilar que ya no estará cerca ese ser tan querido, necesita también comprensión, acompañamiento, contención emocional y sobre todo ser escuchado cuando necesite hablar.

Con la pérdida, cambia la dinámica de la familia, si mamá es la que falta, papá, un hermano, quizá el abuelo o incluso su mascota. En ocasiones se minimiza si es la pérdida de un amigo o un familiar no tan cercano, pero que en algún momento dejó huella en ese adolescente; a veces se les dice “estás muy joven para sufrir tanto”, “tienes más amigos” o “te compramos otra mascota”, entre otras frases e intenciones que sin tener el objetivo de descalificar, esto no le es útil y a veces acentúa más esa sensación de pérdida.
Cada relación tiene un significado y un espacio único, la importancia no se determina únicamente si era familiar sino por el cariño, apego y todo lo que representa emocionalmente ese ser querido que se fue.
La manera en que el adolescente manifiesta su dolor, puede ser al inicio con llanto, después sale con amigos y regresa a sus actividades cotidianas, pero esto no quiere decir que ya está todo bien, es funcional, pero no deja de extrañar; el duelo no sigue un orden fijo, ni se vive de la misma manera todos los días. Se debe poner especial atención cuando está en aislamiento, una acentuación de tristeza o dificultades para realizar lo del día a día.
Como familiares o padres de un joven, podemos ofrecer:
- Presencia y acompañamiento, sin invadir, sobre todo cuando se debe regresar a la rutina y aprender a estar sin esa persona.
- Respetar los tiempos o etapas de su duelo, cada uno las vive diferente.
- Si le es cómodo, hablar de los momentos gratos y todo lo que dejó ese ser querido.
- Escuchar sin juicios, todas las emociones son válidas.
- Buscar ayuda cuando ya sus actividades cotidianas están siendo afectadas seriamente, como la escuela, amistades, cuidado diario, etcétera.
- Acompañar sin pedir que olvide.
El duelo en el adolescente no es dejar de amar a quien ya no está, es encontrar poco a poco una manera ideal de vivir, conservando el significado de ese amor y dándose la oportunidad de redescubrir motivos para continuar con esa ausencia tan significativa.