23 enero, 2020

A veces la realidad supera a la ficción. Después de 32 años exactos del terremoto del 85, los mexicanos volvemos a sufrir un desastre devastador. El cataclismo sucedió en 9 estados, pero nos ha afectado a los mexicanos en todo el mundo. También se dio en temporada de huracanes, paralelo a la destrucción en Texas, Florida, Puerto Rico e islas del Caribe. Si tienes una televisión o un teléfono con acceso a internet, es muy probable que seas testigo o incluso víctima de la situación de emergencia que ha reinado a nuestro alrededor.

Desde una perspectiva psicológica no todos reaccionamos de la misma manera a los desastres. Algunos son lo suficientemente afortunados para contarse entre los resilientes; aquellos que quizá no es la primera vez que pasen por una tragedia, pero que a consecuencia de ella se han hecho más fuertes, han trascendido la crisis y han emergido con nuevos bríos. Otros no corren con la misma suerte. De acuerdo con la teoría cognitiva del estrés, no es la situación la que afecta al individuo, es la forma en que el individuo percibe la situación lo que hace que imprima en él un impacto. Es por eso que también podemos observar a aquellos que a raíz de un desastre se sienten devastados, y así se seguirán sintiendo por meses (si es que algún día llegan a superarlo).

Además, ante un desastre natural no solo son afectados los que presenciaron el fenómeno. De acuerdo con investigaciones, podemos ser víctimas de estrés vicario, aquel que experimentamos como consecuencia de ver la cobertura del desastre en los medios y empatizar con los damnificados, aunque nuestro estrés de espectadores generalmente dura poco, ya que después de que el desastre es noticia generalmente los medios se mueven a la siguiente gran noticia”y nos impiden ver el curso más adverso de los sobrevivientes. No será noticia ver que muchos de ellos no tienen un trabajo al cual volver, han perdido sus documentos más importantes, van a durar semanas (si no es que años) en una pelea legal con su compañía aseguradora para recuperar un poco de lo que han perdido, el miedo de reconstruir su vida de nuevo en una zona sísmica… todo esto sumado al incalculable daño que el terremoto ha causado a su salud física y mental.

En este último punto, un equipo de especialistas de Nueva Zelanda investigó a los sobrevivientes de los terremotos de 2010 y 2011 en Cantenbury. Sus resultados indican que el grado de miedo y estrés que los sobrevivientes sintieron durante el evento sísmico determinaría el grado de depresión que experimentaron tiempo después. De tal forma que aquellos que sintieron que su vida o la de los suyos peligró, que tuvieron lesiones o pérdidas significativas, son aquellos que se encuentran en una situación de mayor riesgo.

Sin embargo, este equipo también nos muestra cuál es la solución: aquellos sobrevivientes que recibieron apoyo emocional, que sintieron que su comunidad se preocupó por ayudarlos y que recibieron ayuda al reconstruir su vida, mostraron pocos y en muchos casos no mostraron síntomas de depresión. Esto significa que aquella ayuda que has brindado, los mensajes que has puesto en los alimentos que enviaste, las llamadas a amigos en zonas de desastre, la participación comunitaria y patriótica en la que se ha desbordado el país, sí importa. Gracias, mexicano, que con tu apoyo no solo ayudas a salvar vidas: ¡Ayudas a transformarlas!

¡Hasta la próxima!

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